Cuántas personas generosas se han
hecho escépticas por considerar que la humanidad no cambia.
Cuántos creyentes buenos viven endurecidos y resabiados
pensando que el amor y la misericordia son para el otro mundo.
Pero a mí me han rescatado del escepticismo, del endurecimiento
y del resabio... mi mujer y mis hijos. Cada vez que con Emilia,
mi esposa, me planteo cómo organizar la educación
y el tiempo de nuestros tres pequeños; cada vez que miro
a José Agustín, a sus “profes” y a sus
compañeros, y deseo que todos los niños de cinco
años encuentren una escuela cada vez más humana y
mejor; cada vez que miro a Rocío del Consuelo, tan aplicada
con sus tareas a los cuatro años y anhelo un mundo con trabajo
honrado para todos los hombres y mujeres; cada vez que Juan Pablo
me da su manita de dos años, y me impulsa a construir una
convivencia basada en la buena fe, la confianza y el amor. Cada
noche que rezo con ellos, sé que estos deseos me los inspira
Jesús, que nos custodia con amor familiar, porque ha tenido
corazón de hijo bajo el corazón de una madre,
la Virgen María. |