«¡Honra padre y madre!» puede sernos mandado y es bisagra de las dos tablas de la ley, que mandan amar a Dios y amar a los demás. El impulso de unión entre un varón y una mujer que se aman, los conduce a la unidad de “una sola carne”: el gesto que expresa ese amor coincide radicalmente con el que les hace potencialmente fecundos. Por ello, la fecundidad humana esté vinculada con su mutuo amor. Esa peculiar unidad es reflejo del poder del Amor creador de Dios hacia la persona del hijo, concebido por los cuerpos personales de los padres. El mismo sujeto que es engendrado en el amor, es llamado a la existencia por el Amor de Dios, creado «a su imagen y semejanza». Ser hijo es ser fruto de amores personales y recibido como don. El Amor, con que Dios ama primero a cada uno, y con él el amor aliado, es el garante último del valor absoluto de cada hombre.
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