Para que el valor de la sexualidad
alcance su plena realización,
es del todo irrenunciable la educación para la castidad,
como virtud que desarrolla la auténtica madurez de la
persona y la hace capaz de respetar y promover el "significado
esponsal" del cuerpo.
La castidad consiste en el dominio de
sí, en la capacidad
de orientar el instinto sexual al servicio del amor y de integrarlo
en el desarrollo de la persona. Fruto de la gracia de Dios y
de nuestra colaboración, la castidad tiende a armonizar
los diversos elementos que componen la persona y a superar la
debilidad de la naturaleza humana, marcada por el pecado, para
que cada uno pueda seguir la vocación a la que Dios lo
llame.
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