Comentario anterior Siguiente comentario

Javier Escrivá Ivars
Instituto de Ciencias para la Familia
Universidad de Navarra

Imprimir comentario listado de comentarios
Imprimir comentario imprimir
 
 

 


Son los padres los maestros primeros y más naturales de sus hijos. También y muy especialmente del sentido de la sexualidad. Pero los padres difícilmente pueden enseñar lo que ignoran, sobre lo que yerran o lo que no viven cada día en la intimidad del hogar. Es una grave responsabilidad de los padres capacitarse como es debido. Nadie nació enseñado. No todo lo que hay en el mercado de las ideas sobre la sexualidad –como en cualquier mercado- es verdadero. Es el buen amor paterno y materno lo que ayuda a los padres a distinguir lo que es bueno o malo para sus hijos.

 

«La educación para el amor como don de sí mismo, constituye también la premisa indispensable para los padres, llamados a ofrecer a los hijos una educación sexual clara y delicada. Ante una cultura que "banaliza" en gran parte la sexualidad humana, porque la interpreta y la vive de manera reductiva y empobrecida, relacionándola únicamente con el cuerpo y el placer egoísta, el servicio educativo de los padres debe basarse sobre una cultura sexual que sea verdadera y plenamente personal. En efecto, la sexualidad es una riqueza de toda la persona -cuerpo, sentimiento y espíritu- y manifiesta su significado intimo al llevar la persona hacia el don de sí misma en el amor».

Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, , 22 noviembre 1981, n 37


Comentario

Para que el valor de la sexualidad alcance su plena realización, es del todo irrenunciable la educación para la castidad, como virtud que desarrolla la auténtica madurez de la persona y la hace capaz de respetar y promover el "significado esponsal" del cuerpo.

La castidad consiste en el dominio de sí, en la capacidad de orientar el instinto sexual al servicio del amor y de integrarlo en el desarrollo de la persona. Fruto de la gracia de Dios y de nuestra colaboración, la castidad tiende a armonizar los diversos elementos que componen la persona y a superar la debilidad de la naturaleza humana, marcada por el pecado, para que cada uno pueda seguir la vocación a la que Dios lo llame.

Logotipo del Programa Magister