Comentario anterior Siguiente comentario

Jutta Burggraf
Facultad de Teología
Universidad de Navarra

Imprimir comentario listado de comentarios
Imprimir comentario imprimir
 
 

 

Nuestra primera experiencia de humanidad es ser hijo. La mujer –nuestra madre- nos enseña desde un primer momento, con sus mil gestos de amor, que las personas son más importantes que las cosas. Que cada persona  -“hijo mío”- vale por todo un universo.

 

“Que se dé verdaderamente su debido relieve al "genio de la mujer", teniendo en cuenta no sólo a las mujeres importantes y famosas del pasado o las contemporáneas, sino también a las sencillas, que expresan su talento femenino en el servicio de los demás en lo ordinario de cada día. En efecto, es dándose a los otros en la vida diaria como la mujer descubre la vocación profunda de su vida; ella que quizá más aún que el hombre ve al hombre, porque lo ve con el corazón. Lo ve independientemente de los diversos sistemas ideológicos y políticos. Lo ve en su grandeza y en sus límites, y trata de acercarse a él y serle de ayuda. De este modo, se realiza en la historia de la Humanidad el plan fundamental del Creador e incesantemente viene a la luz, en la variedad de vocaciones, la belleza -no solamente física, sino sobre todo espiritual- con que Dios ha dotado desde el principio a la criatura humana y especialmente a la mujer.”

Juan Pablo II, Carta A ciascuna di voi, a la Mujeres, 29 de junio de 1995, n. 12


Comentario

Pese a la gran admiración de Juan Pablo II a las madres en todo el mundo, el Papa no se refirió a la maternidad física, sino más bien a una dimensión espiritual. El “genio” femenino consiste en el talento de descubrir el rostro de un vecino, en medio del ajetreo de nuestra vida; de no olvidar en las empresas multinacionales que las personas son más importantes que las cosas. Significa romper el anonimato, escuchar a los demás, tomar en serio sus preocupaciones, mostrarse solidaria con ellos. Una mujer sencilla sabe, normalmente, transmitir seguridad y crear una atmósfera en la que los demás puedan sentirse a gusto. Así da, de un modo muy natural, un testimonio del amor de Dios por cada hombre en particular, y brinda a otros la certeza de que son importantes, y que su vida tiene un inmenso valor.

Logotipo del Programa Magister