Pese a la gran admiración de Juan Pablo II a las madres
en todo el mundo, el Papa no se refirió a la maternidad
física, sino más bien a una dimensión espiritual.
El “genio” femenino consiste en el talento de descubrir
el rostro de un vecino, en medio del ajetreo de nuestra vida;
de no olvidar en las empresas multinacionales que las personas
son más importantes que las cosas. Significa romper el
anonimato, escuchar a los demás, tomar en serio sus preocupaciones,
mostrarse solidaria con ellos. Una mujer sencilla sabe, normalmente,
transmitir seguridad y crear una atmósfera en la que los
demás puedan sentirse a gusto. Así da, de un modo
muy natural, un testimonio del amor de Dios por cada hombre en
particular, y brinda a otros la certeza de que son importantes,
y que su vida tiene un inmenso valor.
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