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Miguel Ortega de la Fuente
Profesor de Lengua Española en Periodismo
Universidad Francisco de Vitoria

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Las grandes tendencias que genera el enamoramiento –estar juntos, sólo entre nosotros, que dure siempre, recrear las cosas, tener un hijo tuyo, darte lo mejor de mi mismo y acogerte del mejor modo posible- sólo pueden hacerse realidad plena en la vida del hoy y del mañana si ambos amantes convierten “ese amor que les pasa y puede desvanecerse” en “unión fiel e indisolublemente vinculada a conservar, hacer crecer y reparar nuestro amor durante toda la vida”. El pacto conyugal o consentimiento matrimonial consigue esa transformación. Los dos ya no son sólo un yo y un tu. Los dos fundan una unión, un único “nosotros”. Aquella unión íntima en la que el amor y sus obras  son derecho y deber mutuos. Cualquier otra cosa es una ceremonia vacía. 

 

“(…) El único ‘lugar’ que hace posible esta donación total es el matrimonio, es decir, el pacto de amor conyugal o elección consciente y libre, con la que el hombre y la mujer aceptan la comunidad íntima de vida y amor, querida por Dios mismo que sólo bajo esta luz manifiesta su verdadero significado”.

Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, 22 noviembre 1981, n. 11.


Comentario

Sólo desde esa perspectiva se puede entender la siguiente parábola: Después del viaje de bodas se incorporaron a su trabajo. El primer día ella llegó antes y esperaba ansiosa la llegada de él. Por fin llegó también con ganas de encontrarla. Llamó a la puerta y la voz de ella se escuchó melodiosa: “¿quién es?”. “Soy yo, tu marido, abre la puerta, amada esposa”. “¿Quién es?” Volvió a repetir la voz de la esposa.  “Soy yo, Antonio, tu marido, abre, querida”. Por tercera vez se oyó la misma pregunta, “¿Quién es?” Antonio quedó perplejo, se miró a la mano y, al ver su anillo, comprendió enseguida. “Soy tú”. Entonces se abrió la puerta.

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