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Carmen-José Alejos
Facultad de Teología
Universidad de Navarra

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Resulta muy lúcido clarificar en las bodas, como hacían los clásicos, que el consentimiento no se dirige tanto al otro esposo cuanto a fundar la unión con él. Es la unión conyugal el objeto del consentimiento matrimonial. Por eso, la unión no es patrimonio del marido ni de la mujer…, es patrimonio común. Es el bien esencial del “nosotros” que los esposos constituyen. Ya no son dos, ni él ni ella, sino una carne. Este pronombre personal –“nosotros”- es el titular de la unión. Del bien de la unión brotan las riquezas y los frutos del matrimonio: “nuestros hijos”, “nuestra vida”, “nuestro hogar”, “nuestra familia”.

 

“Dios que es amor y creó al hombre por amor, lo ha llamado a amar. Creando al hombre y a la mujer, los ha llamado en el Matrimonio a una íntima comunión de vida y amor entre ellos”

Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 337


Comentario

Lo esencial del matrimonio, por tanto, es la unión de amor entre los esposos. Cuando un hombre y una mujer se aman de verdad, entendiendo por amor el amor cristiano no el pseudo-amor que se nos vende, la familia que se crea está basada en el amor: amor entre esposos, amor de padres a hijos, de hijos a padres, y amor entre hermanos. En una familia así todos van a una. En una familia así, que muchos de mi generación hemos conocido, es natural que los hijos reconozcan el amor de Dios cuando les pide la vida, y es natural que se la entreguen, y los padres reciben esa vocación de los hijos como un gran regalo que Dios les hace, que eso es en realidad la vocación: un don.

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