Cuando, mirándonos a los ojos, nos dijimos: “¡Te quiero!”, parecía que habíamos llegado al final del camino. Pusimos a Dios por testigo y nos casamos y entonces descubrimos lo mejor: aquello no era el final. Día a día aprendimos a conocernos mejor: nuestras manías, nuestros defectos, nuestros enfados fueron mezclándose con nuestras alegrías, nuestros afectos y cariños. Aprendimos que amarnos no era mirarnos a los ojos, sino mirar en la misma dirección, uniendo nuestros esfuerzos para que nuestros hijos sean también nuestros compañeros de viaje. El amor nos ha enseñado a utilizar el “nosotros”, en lugar del “yo” y del “tú”: “nuestra” casa, “nuestros” hijos, “nuestra” familia, “nuestro” amor, “nuestro” Dios.
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