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Joaquín Saldaña Cabello
Profesor de la Cátedra de Inmigración
Fundación Social - Universidad Francisco de Vitoria

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El amor entre un hombre y una mujer, si la entrega y acogida mutua essincera y completa, engendra una unión. En esa unión ya son más que dos –él y ella--, son un único nosotros. Una única carne. La unión no es de él, ni de ella, sino del nosotros. Por ser esta “unión conyugal”, él y ella expresan una profunda verdad cuando dicen: “nuestra vida”, “nuestro amor”, “nuestros hijos”, “nuestro hogar” o “nuestra familia”.

 

“.(…) Éste es un proceso que siempre está en camino: el amor nunca se da por ‘concluido’ y completado; se transforma en el curso de la vida, madura y, precisamente por ello, permanece fiel a sí mismo. Idem velle, idem nolle, (Salustio, De coniuratione Catilinae, XX, 4.) querer lo mismo y rechazar lo mismo, es lo que los antiguos han conocido como el auténtico contenido del amor: hacerse uno semejante al otro, que lleva a un pensar y desear común”.

Benedicto XVI, Carta Encíclica Deus caritas est, 25 de diciembre 2005, n. 17.


Comentario

Cuando, mirándonos a los ojos, nos dijimos: “¡Te quiero!”, parecía que habíamos llegado al final del camino. Pusimos a Dios por testigo y nos casamos y entonces descubrimos lo mejor: aquello no era el final. Día a día aprendimos a conocernos mejor: nuestras manías, nuestros defectos, nuestros enfados fueron mezclándose con nuestras alegrías, nuestros afectos y cariños. Aprendimos que amarnos no era mirarnos a los ojos, sino mirar en la misma dirección, uniendo nuestros esfuerzos para que nuestros hijos sean también nuestros compañeros de viaje. El amor nos ha enseñado a utilizar el “nosotros”, en lugar del “yo” y del “tú”: “nuestra” casa, “nuestros” hijos, “nuestra” familia, “nuestro” amor, “nuestro” Dios.

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