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Sara de Jesús Gómez
Profesora de Antropología Fundamental
Universidad Francisco de Vitoria

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El sufrimiento amoroso y el desamor son cosas muy distintas. En cualquier amor humano, los amadores tienen defectos, limitaciones, egoísmos y maldades. Hasta sin querer hacemos sufrir. No te rindas al desamor. En la experiencia del sufrimiento -si los amadores no lo convierten en fuente de reproches mutuos y aprenden a compartirlo- hay una inesperada puerta. Una puerta que les conduce a un mejor conocimiento de sí mismos, a una conquista de nueva comprensión, misericordia, humildad, diálogo íntimo y ternura, a una mayor profundidad de su unión amorosa.

 

“La Iglesia conoce el camino por el que la familia puede llegar al fondo de su más íntima verdad. Este camino, que la Iglesia ha aprendido en la escuela de Cristo y en el de la historia, —interpretada a la luz del Espíritu— no lo impone, sino que siente en sí la exigencia apremiante de proponerla a todos sin temor, es más, con gran confianza y esperanza, aun sabiendo que la «buena nueva» conoce el lenguaje de la Cruz. Porque es a través de ella como la familia puede llegar a la plenitud de su ser y a la perfección del amor.”

Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, 22 noviembre 1981, n. 86


Comentario

¡Qué distinta suena la palabra hambre en un Mc Donalds de nuestras ciudades y en un poblado en el Congo! Quien no ha pasado hambre llama hambre a cualquier cosa. Quien no ha vivido una familia ya no sabe lo que es y llama familia a cualquier cosa. ¿Quieres encontrar un lugar donde se te quiere como eres? ¿Quieres poder amar a pesar de tus limitaciones? ¿Has soñado un lugar donde crece lo mejor de ti mismo? ¿Crees que hay un lugar al que siempre puedes volver porque siempre se te perdona? Ese lugar es la familia. Esa familia es posible. Dios la hace posible. Quien quiera una familia así tiene que ir a Cristo. Quien quiere encontrar a Cristo tiene que buscarle donde Él quiere estar: en su Iglesia.

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