Desde que nos pidieron escribir nuestro testimonio, hemos tenido muchas dudas sobre la conveniencia o no de hacerlo, porque no nos sentíamos protagonistas de una historia digna de contarse; hasta que caímos en la cuenta de que el verdadero protagonista es Cristo y nos decidimos a explicar lo que su Amor ha hecho con nosotros.
El comienzo de nuestra historia no es muy original. Juan Alberto y yo tenemos padres católicos de Griñón y Corral de Almaguer (como D. Agustín, Arzobispo de Valencia), estudiamos en La Salle, un colegio católico, allí nos conocimos, allí empezamos nuestra relación y allí nos casamos.
Después del Colegio, llegó la Universidad, el trabajo, mi enfermedad y pasamos por duros momentos de sombras que conseguimos superar, aunque las “heridas“ no acababan de curarse del todo.
Aún así, seguimos juntos, nos casamos y después de un embarazo difícil y de temer incluso por su vida, nació nuestro primer Ángel, Natalia, muy prematura, muy pequeñita y mientras nacía Juan Alberto sintió ante la Virgen del Rosario como le envolvía en su manto y que nada malo iba a pasar. Tan a gusto estaba en sus brazos que casi no llega a ver a nuestra hija antes de que la llevaran a la incubadora, pero es que él ya sabía que estaba en las mejores manos.
Surgió desde ese instante una nueva necesidad de Dios, de buscarle en los Sacramentos de un modo más intenso, más comprometido y más fiel.
Y yo le negué. No vi a Cristo en mi hija ni en el Amor de mi marido. Me fui apartando de Dios y todo se rompió, todo o casi todo. Quedó el Amor de mi marido, incondicional; estaba convencido de que Dios nos unió y así había de permanecer, a pesar de su soledad, las tentaciones, el sufrimiento y sobre todo de mi enfermedad.
Pero Él no le dejó sólo y en ese tiempo amargo comenzó una relación laboral con gente de la Fundación Benéfica Virgen de los Dolores que le acompañaron en su i.e.
Pasaron los meses, incluso los años y todo seguía más o menos igual: un trabajo absorbente, una vida laboral y social intensa y una vida familiar casi inexistente. Juan Alberto seguía aferrado a su Cruz, pidiéndole a Dios cada día, cada noche, que me devolviera la Fe.
Para mí fueron unos años de ausencia, mientras mi marido perseveraba y rezaba el Rosario a escondidas, contando con los dedos y yendo a misa sin que yo lo supiera.
Pero Él no le abandonó. Natalia empezó la Catequesis de su Primera Comunión y eso sirvió para que el párroco de nuestro pueblo pidiera a Juan Alberto que tocara la guitarra en la Misa con los niños y por la música le reenganchó. Así el grupo de la parroquia le ayudó para no seguir sólo en un camino que cada vez se hacía más duro.
A pesar de mí, Dios no se olvidaba de nosotros. Teníamos en nuestra hija a un Ángel bueno que, constantemente, nos enseñaba lo que era estar cerca de Dios, pero tan deslumbrada como estaba por los brillos de fuera, no tenía tiempo para ver los de dentro.
Nos mandó otro regalo: Alberto. Y yo, de nuevo, le negué.
Nuestro hijo Alberto fue una bendición y su enfermedad nos cambió la vida. La Parálisis Cerebral obliga a las familias a reorganizar muchas cosas y a las parejas a replantearse muchas otras. Teníamos dos hijos, mucho trabajo por hacer y las fuerzas eran pocas. Seguramente fueron los momentos más duros que hasta ahora nos ha tocado vivir, pero Dios de los males saca bienes y nos “obligó” a enfrentarnos con mi enfermedad y a buscar la manera de ponerle fin.
Mi marido apretó fuerte mi mano, esa que nunca había soltado y me llevó con Amor a buscar el rostro de Cristo.
Me había olvidado de orar, buscaba el Sagrario pero la cosa debía estar difícil porque El Señor me mandó a Santa Maravillas para que no me perdiera por el camino. Y así, cada sábado en La Aldehuela sucedía un pequeño milagro en nuestras vidas, una gota de gracia, un regalo de Dios. Seguramente también los hubo de esos que salen en los libros, como indicios de mi enfermedad un 11 de Diciembre, pero nada comparable a como El Seños ha ido y va reparando nuestras almas.
Juan Alberto ya no estaba sólo y con Cristo nuestro Amor tomaba una dimensión distinta: andar juntos, la oración diaria juntos, ese Rosario clandestino ahora juntos, La Eucaristía, La Comunión.
El camino no es fácil, pero con el Amor inmenso que Dios ha derramado en nuestras vidas, ahora tenemos luz y aunque a veces oscurece un poco, ya no caminamos en tinieblas.
Con luz propia resuenan en mí las palabras orgullosas de nuestra hija Natalia: mamá, desde que te has “reconvertido” estás más guapa. Nuestro ángel, sin saberlo, con sus pocos años y con su mucha sabiduría me había hecho ver que era una madre diferente, una madre cristiana. Descubrí en ella un brillo mucho más intenso que cualquiera de los que me habían deslumbrado antes. Porque con su inocencia y su confianza plena en Dios ponía y pone siempre el toque de dulzura y de Amor con mayúsculas, capaz de sanarnos.
Y para colmo de gracias, un regalazo: nuestro tercer hijo. Otro embarazo complicado y a mitad de gestación supimos que nuestro bebé tenía un problema que podía ser muy grave.
El miedo fue grande, el dolor inmenso y las ofertas que tuvimos que oír sonaban horribles. Nos envolvieron en una nube que no nos permitía ver con claridad, pero de nuevo ante El Sagrario, en la capilla del hospital , vinieron a nosotros las palabras de Santa Maravillas: “Lo que Dios quiera, como Dios quiera, cuando Dios quiera”.
Pedimos oración a la gente que conocíamos y eso nos dio confianza para la espera. Una vez más sentimos lo importante que eran La Comunidad, los Sacerdotes que hemos ido encontrando en estos años, las Religiosas y tantos hermanos de Fe que nos enseñan y acompañan.
A veces pensamos que nos puso a prueba, que nos pidió posicionarnos y decir: confiamos o no confiamos. Lo tuvimos claro: Fiat, Señor, hágase en nosotros según tu voluntan.
Nació Francisco Javier y trajo a nuestra casa lo que tanto habíamos pedido: más Fe, más Amor.
Habíamos conocido el Amor del Corazón de Jesús, lo habíamos sentido y debíamos experimentarlo y testimoniarlo. ¿Cómo podíamos agradecer tanta bendición? Necesitábamos dar gratis lo que gratis habíamos recibido y poco a poco nos lo fue pidiendo: La Familia, la Catequesis con los niños, la Adoración nocturna y, por supuesto, la música.
Esta es nuestra historia, la historia de cómo el Amor de mi marido salvó mi vida y nuestra familia, una historia de Amor en Cristo, una historia de una familia que quiere ser Santa.
Y para dar nuestro testimonio vamos a Valencia, porque queremos hacer como Juan, seguir a Jesús con Pedro.
Juan Alberto, Emi, Natalia, Alberto y Francisco Javier.
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